07.05.2022

Los feos

Por Miguel Alberto Koleff

En la conferencia «La estatua y la piedra» pronunciada en Turín cuando corría el año 1997, José Saramago reflexionaba sobre su actividad literaria y –en relación con los personajes construidos en su ficción– advertía:

El autor prefiere dar tres o cuatro pinceladas como tres o cuatro puntos cardinales, pero nada de describir metódica y minuciosamente rostros, alturas, figuras, gestos… el autor prefiere que sea el lector quien asuma esa tarea y esa responsabilidad.

Esta frase, reproducida en estilo indirecto como si de otra persona se tratara, lo involucra de cuerpo entero y no puede ponerse en duda porque el conjunto novelesco del que es responsable lo atestigua con creces. Los lectores del Nobel vamos haciéndonos una idea de los diferentes personajes con los que interactuamos a partir de la mínima información que el narrador nos proporciona. Y, si bien no conviene obviar datos relevantes, como la mano izquierda que le falta a Baltasar Siete Soles o los ojos azules de Juan Maltiempo, podemos no ponernos de acuerdo acerca de la imagen mental que nos hacemos de todos ellos en nuestras asociaciones íntimas. De allí que no exista un acuerdo tácito respecto del porte o la figura de los más conocidos.

Ahora bien, si esta afirmación del autor vale de manera general para todas sus novelas, hay una que la desmiente rotundamente y esa es Claraboya, la narrativa de 1953 publicada póstumamente en 2011. Y esto, porque suscita un cimbronazo en la familia literaria en la que se inserta debido al procedimiento diferencial con el que opera. En lugar de esas tres o cuatro pinceladas de las que habla el autor en la conferencia, hay un número significativo de párrafos dedicados a descripciones físicas y comportamentales que nos ponen de relieve los tipos portugueses de la época, desde los más nobles y comedidos hasta los tacaños, especuladores y viciosos.

Podríamos realizar un listado exhaustivo de cada uno de los habitantes de ese edificio en el que se apoya la trama ya que el argumento se ciñe a la vida privada y la actividad pública de los vecinos que interactúan en el condominio. Sin embargo, lejos de ayudarnos, ese cuadro de doble entrada nos desvirtuaría del objetivo último que es mostrar como Saramago estaba todavía apegado al discurso naturalista decimonónico cuando enveredó por los caminos de la ficción a los veinte y pocos años. En esta novela se observa un registro exhaustivo de caracteres que más que mostrar su dinámica, su permeabilidad y su alternancia en relación con las experiencias vividas, acaba transformándose en una red de estereotipos casi irredentos. Tomemos por caso a Lidia, una de las inquilinas. El hecho de que ejerza la «fina» prostitución la estandariza en un lugar predefinido que no le da amplitud para moverse por fuera de las convenciones sociales asumidas y los prejuicios concomitantes.

Algo importante a considerar en torno de lo que venimos señalando tiene que ver con la autonomía del estilo. No por el hecho de estar influenciado por la vertiente más radical del realismo, el joven escritor se limita a reproducirlo a ciegas. Hay algunas indicaciones muy precisas que nos muestran que los elementos descriptivos introducidos juegan un papel destacado en el trazado de las personalidades. Es el caso de la repetición de ciertos rasgos, como los ojos mortecinos de Justina o la gordura de Caetano, que atraviesan los diferentes capítulos con igual insistencia y que reemplazan otros más notorios o novedosos que se podrían incluir. Es como si el narrador quisiera que no nos olvidáramos de esos aspectos anatómicos o fisiológicos antes de seguir adelante en la lectura.

El recurso se vuelve evidente y contrastable cuando además de enfatizar un detalle físico con ciertas particularidades, estas le sirven también para otras puntualizaciones. El color de cabello de Emílio Fonseca, por ejemplo, que es «rubio, de un rubio pálido y distante» se contagia a sus ojos que se muestran también «pálidos y distantes» sobre el final del mismo capítulo. El tópico sobre el que nos estamos extendiendo sería solo singular e idiosincrático si no trajera aparejado una impronta que no puede pasarse por alto y que se destina a realzar la fealdad de ciertos y determinados cuerpos. El adjetivo «feo» -en este contexto- alude a aquellos que no gozan de atributos físicos de armonía y perfección conforme los códigos sociales y culturales de belleza admitidos como legítimos y valiosos. Este dato sorprende claramente en un escritor como Saramago tan preocupado por cuestiones éticas y políticas de relevancia, de allí que sólo pueda explicarse por la difusión y vigencia de cierta literatura, aun de la vertiente más erudita, que circulaba entre los años 30 y 40 de ese país europeo y que iba definiendo el gusto y la tendencia de sus lectores.

Hay que decir que esta referencia a la fealdad no es inocua ya que atraviesa el libro de cabo a rabo. Fuera de un único personaje femenino, el de Maria Claudia, que está dotado de cualidades que la enaltecen: cuerpo delicado y bien formado, ojos azules, cintura fina y esbelta etc., los otros personajes de la obra son siempre presentados como poco agraciados pero nunca de manera tan ostensiva como Justina y Caetano, en cuya semblanza desaparece la apacibilidad de los caracteres. Los párrafos que transcribo a continuación tienen que ver con la percepción que tienen el uno respecto del otro y que es menos generosa que la que le prodigan los externos:

Justina era [para Caetano] un ser asexuado, sin necesidad ni deseos. Cuando ella, en la cama, en la casualidad de los movimientos, le tocaba, se apartaba con repugnancia, incómodo por su delgadez, por sus huesos agudos, por la piel excesivamente seca, casi apergaminada. «Esto no es una mujer, es una momia» pensaba.

[Justina] vio al marido. Su rostro aterraba. Los ojos saltones, el labio inferior más caído que de costumbre, el rostro enrojecido y sudado, un rictus animal torciéndole la boca… era el rostro de un hombre arrancado a la animalidad prehistórica, de una bestia salvaje encarnada en un cuerpo humano.

Estas y otras expresiones que se suman a la larga lista: pies grandes y deformados, vientre hundido, pechos blandos y caídos etc. nos muestran a estos sujetos ficcionales de manera casi mostruosa ligados entre sí por el espanto o por la piedad más que por el amor genuino, lo que torna inexplicable la convivencia que los reúne en la misma casa como una pareja consolidada. Y, sin embargo, no pasan de ser vecinos comunes y corrientes que llevan su vida como todos los demás. Más que de un estigma, se trata de una exageración que bordea el expresionismo naturalista que le era tan caro al escritor primerizo.

Claraboya da muestras acabadas de arcaísmo estilístico y demuestra que la literatura de José Saramago en los años 50 estaba desfasada de las tendencias neo-realistas que habrían de imponerse en un Portugal que empezaba a criticar a la dictadura. Saramago le había entregado los originales a una editorial que la cajoneó durante cuarenta y siete años, y que quiso hacerla pública en 1989 aprovechándose de su furor en el mercado. El escritor recuperó el material y se negó a concretar la empresa, asegurando que saldría a la luz después de su muerte porque no correspondía a sus expectativas. Para sus fieles lectores, la edición póstuma es un importante guiño sobre su genealogía.

 

Fuentes Consultadas
Saramago, J. (2013). A estátua e a pedra. Lisboa: Fundação José Saramago.
Saramago, J. (2011). Clarabóia. Alfagride: Caminho. Traducción al español de Alfaguara.

El curso Introducción a la narrativa de José Saramago, a cargo de Miguel Alberto Koleff, comienza el lunes 9 de mayo. 


10.12.2020

Me acuerdo de la década de los 90

Ejercicio de escritura colectiva el taller de escritura oulipiana de Eduardo Berti

Me acuerdo de que me casé en diciembre y a los quince días me descubrieron un melanoma.

Me acuerdo acuerdo de un juguete que se parecía mucho a un resorte que se usaba en las escaleras. Después fue motivo de un personaje de una pelicula de Pixar.

Me acuerdo del discurso de Menem diciendo que atravesaríamos la estratósfera y llegaríamos a Japon en una hora, justo cuando llegaba de la facultad luego de viajar apretada durante horas en colectivo.

Me acuerdo que Britney Spears.

Me acuerdo que mi papá se pasaba los domingos arreglando los autos de los otros.

Me acuerdo del gol de maradona a grecia y su grito salvaje mientras estaba filmando en el viejo hotel correntoso.

Me acuerdo esto que está pasando ahora como si hubiera estado haciéndolo toda mi vida.

Me acuerdo de los tostados de jamón y queso que me hacía mi abuela.

Me acuerdo del maní crocante del alfajor Blanco/N.

Me acuerdo que cuando cayo el muro Berlín, estaba almorzando.

Me acuerdo de que el dólar valía un peso y que llegué a pagar mezclando las dos monedas.

Me acuerdo que el spot decía que la alegría venía.

Me acuerdo de la voz grave y rasposa de Alfio Basile cuando era el técnico de la selección argentina de fútbol.

Me acuerdo de la cagada de Higuita.

Me acuerdo de la Cicciolina.

Me acuerdo que saltó el dopping.

Me acuerdo del RAP de los 90.

Me acuerdo poder viajar sin pensar en lo que gastabamos.

Recuerdo la cantidad de golosinas que podíamos comer.

Recuerdo como no nos importaba que todo entre en llamas.

Me acuerdo de recibir 1995 con un recital de Todos tus muertos en Cemento.

Me acuerdo que íbamos al súper y con $200 llenábamos changuito.

Me acuerdo del sabor de los chicles de fruta importados.

Me acuerdo de ver a Charly entrar en una limusina rosa con toda su banda en Ferro en la navidad de 1982.

Me acuerdo el aroma de la piel de mi abuela.

Me acuerdo que Maradona es D10s.

Me acuerdo de la pizza con champan.

Me acuerdo a la salida de la escuela, pedir con mis amigos un peso a la gente para comprar una pizza Uggis.

Me acuerdo cuando cerraron el Italpark y lo mucho que lloré.

Me acuerdo cuando Paul McCartney salió al escenario de River y no pude creerlo. Aún no lo creo.

Recuerdo el día en el que mamá perdió la paciencia, era un día bastante frío.

Recuerdo aquel agosto cuando mataron a Jaime Garzón, María apenas aprendía a leer y aunque no lo conocía, lloró por él.

Recuerdo a papá en el campo alejándose de la casa y de los autos para buscar la señal del movicom.

Recuerdo estar sentada junto a mi hermana en Cancún.

Me acuerdo que mi tío me regalaba un dólar y yo me iba a la heladería Roma a comprar un helado.

Me acuerdo de la mudanza a la actual casa de mi madre.

Me recuerdo a mí misma yendo a la universidad.

Me acuerdo del pijama celeste con ositos que llevaba puesto cuando cayeron las torres gemelas.

Recuerdo una olla humeante junto a mi cama que olía a eucalipto.

Me acuerdo que me rompieron el corazón en muchos pedazos,no por primera vez.

Me auerdo del todo por dos pesos y la campera que le compró ahí.

Me acuerdo cuando en el bajo de san isidro caminabamos por la via muerta.

Me acuerdo cuando cada tanto nos hacian dejar el colegio porque habia amenaza de bomba.

Me acuerdo de las galletitas champagne que comíamos en el recreo del colegio.

Me acuerdo cuando a la salida del colegio comprábamos una tira de fizz.

Me acuerdo cuando el combo de Mc Donald’s salía $4,50.

Me acuerdo de la final del mundial de estados unidos, fue un día antes del atentado a la AMIA.

Me acuerdo cuando teníamos que acordarnos los números de teléfono.

Me acuerdo de cuando hacía pogo en recitales de música Hardcore.

Me acuerdo que escuchaba música en el discman cuando iba en colectivo a la facultad.

Me acuerdo del Buenos Aires no Duerme, vi a Joaquín Levinton de cerca, es petiso.

Me acuerdo del recital de Nirvana en Velez, el malhumor de Covain.

Me acuerdo de ver los escombros de la AMIA en la pantalla de un televisor en un bar del microcentro un día del amigo, en vacaciones de invierno.

Me acuerdo que abrieron muchas discotecas en Buenos Aires y la cocaina empezo a correr en las clases populares.

Me acuerdo que David Byrne dio los conciertos mas personales de su trayectoria con un cuarteto en Buenos Aires.

Me acuerdo de doña Rosa que me queria convencer que las empresas privadas eran la solucion a nuestro drama.

Me acuerdo de que me casé en diciembre y a los quince días me descubrieron un melanoma.

Me acuerdo del gol de maradona a grecia y su grito salvaje mientras estaba filmando en el viejo hotel correntoso

Me acuerdo que mi tío me regalaba un dólar y yo me iba a la heladería Roma a comprar un helado.

Me acuerdo de la mudanza a la actual casa de mi madre.

Me recuerdo a mí misma yendo a la universidad.

Me acuerdo del pijama celeste con ositos que llevaba puesto cuando cayeron las torres gemelas.

Recuerdo una olla humeante junto a mi cama que olía a eucalipto.

Me acuerdo del todo por dos pesos y la campera que le compró ahí.

Me acuerdo cuando en el bajo de san isidro caminabamos por la via muerta.

Me acuerdo que ví, de parado, en los bares de Retiro, casi todos los partidos de la selección en el Mundial de Italia.

Me acuerdo que hice 20 horas de fila para sacar entradas para la primer show de los Rolling Stones en Argentina.

Me acuerdo que todavía quedaban los sonidos de la caída del muro de Berlín, y no sé por qué yo seguía escuchando a John Lennon , sonando en mi walkwoman diríamos ahora) en el colectivo que iba por avenida 1.

Me acuerdo que estábamos de fiesta en la playa y de la nada llegó alguien, con un celular en la mano, y dijo: Se murió Fidel.

Me acuerdo cuando vi el primer anuncio sobre la nueva manera de ver películas en DVD. Estudié toda la tarde el significado de las letras DVD para contarle a mis amigos.

Me acuerdo estar de vacaciones en el sur y enterarme por el diario de la muerte de Tato Bores, me puse triste mientras miraba las montañas.

Me acuerdo cuando Morpheo dijo "Bienvenido al desierto de lo real" en Matrix. Salí del cine dudando de todo que hasta dejé de ir a la iglesia.

Me acuerdo del miedo colectivo al fin del mundo con la llegada del Y2K. Todos respiramos en casa a las 12:05 am del 01/01/2000 cuando vimos que no pasó nada.

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(Fiesta de la lectura de primavera, 2020) inspirado en la fórmula creada por Joe Brainard, (I remember, 1970) y popularizada por Georges Perec (Je me souviens, 1978)


06.08.2020

Los escritores de los escritores

Por Luis Chitarroni

Como anticipo del seminario Los escritores de los escritores, Chitarroni presenta aquí tres lecturas sobre autores que comentaron la obra de algunos de sus colegas. Cada uno de ellos ve al otro como una proyección y una suma de influencias, e intenta en lo que escribe disolver ambas y sacar provecho. 

Iris Murdoch
Iris Murdoch.

Iris Murdoch por John Bailey

Si la literatura nace de una deuda de amor, un libro del amor conyugal entre escritores constituye la prueba infalible. Bailey cuenta las ocasiones, las características y los matices de su amor por Iris Murdoch, a quien el mal de Alzheimer fue privándola de relacionarse con la realidad convencionalmente. Todas esas razones, todos esos argumentos acompañan la lectura atenta de los libros –novelas, pero también ensayos, uno muy brillante y precoz sobre Sartre– de Iris. Novelas escritas a veces en una extraña clave que la cotidianidad a veces favorece y otras dificulta. Las amistades de Iris, entre otros con Elías Canetti se observan, no sin recelo. Los mundos imaginarios se adaptan a los planes hogareños, a la previsión de vacaciones, a los viajes. Todo encuentra un raro pinto de convergencia en el que la vida convida a la literatura con una interminable cantidad de detalles que la observación enaltece.

 

Penélope Fitzgerald
Penélope Fitzgerald.

Penélope Fitzgerald por Frank Kermode

Frank Kermode escribe sobre Penélope Fitzgerald como cualquier escritor agradecería que se escribiera sobre él. Con una agudeza y un detenimiento tan inteligente que permite reconstruir cómo, tras la trama argumental se oculta la histórica, de acuerdo con la cita de Novalis, “La novela nace en las estribaciones de la historia”, que la autora ubica como epígrafe de La flor azul. Penélope Fitzgerald nunca dejó de notarlo, y el acopio de detalles que a menudo parecen poco significativos –el modo en que mastica una vaca o la capacidad de resistencia de un caballo de tiro o el día de limpieza anual en una casa de las afueras en la Alemania del siglo dieciocho– encuentra su justificación perfecta en el engranaje novelesco. Incesante a pesar de comenzar su carrera tardíamente, Penélope Fitzgerald no solo fue una de las novelisas irremplazables del siglo veinte sino la autora de biografía de plenitud absoluta, como la que dedicó a su pdre y tíos, todos destacadas figuras de la genealogía intelectual como a esa poeta única en el modo de pasar inadvertida que fue Charlotte Mew.

Frank Kermode es un escritor muy especial, ya que no tiene obras de ficción en las que acomodar ese singular oficio. Los hábitos de perfección y humildad de su prosa, la imaginación central con la que recupera y ofrece al lector las armonías y enlaces lo convierten sin embargo en la persona ideal para recrear la vida y la obra de los escritores como personajes, tanto si se trata de Penélope Fitzerald como de Wallace Stevens.

 

Virgilio Piñera
Virgilio Piñera.

Virgilio Piñera por Severo Sarduy

Virgilio Piñera nació en 1912 en Cárdenas, Matanzas,  y pasó los primeros años de su vida entre Guanabacoa y Camagüey… ¿Guajiro mixto? Ocupó, para algo que necesitó desocupar el escritorio primero poemas, ensayos, teatro (que acaso podría ocupar el primer lugar), narraciones de variada extensión. Así como su vida fue atestiguada por lo menos por tres escritores, su devoción por la poesía cubana tiene también tres apóstoles: Julián del Casal, Zenea y Milanés. Este gusto por lo propio, que es a veces lo más ajeno, se desprende de su vida a los arañazos, no sin violencia, como sus idas (dudosamente escapes o regresos), como sus fugas. De modo que el escritor pequeñito, provisto casi siempre de un paraguas, merece como pocos la caracterización de cine mudo con que se proponen a la vez evocarlo y  averiguarlo. En realidad, el Virgilio legendario se pega al Virgilio anónimo, que le dio prioridad de huida a Buenos Aires; sospechaba en ella un cosmopolitismo que nunca se propuso explorar. O que exploró de sobra, a su manera enjuta.

Virgilio supo escribir en contra, como Gombrowicz. Y contra aquello que no supo, sabía oponer el fantasma de su vocación sin consuelo, esqueleto quijotesco exento de vehemencia y armadura. Por eso queda atrás, dándonos la espalda. No le importa que nos alejemos por un rato. Sabe que, aun con la certidumbre de no encontrarlo, vamos a regresar a buscarlo. A encontrar su vastísima ausencia que en nada se parece a su apariencia. O que imploraremos, como lo hace Severo Sarduy: “Es por eso que a Roma, y de rodillas/ iré a exigir que lo proclamen santo”.


29.06.2020

Olga Orozco, con voz ronca y rituales secretos

Por Jorge Monteleone

Olga Orozco guardó toda la vida su primer recuerdo: “un color colorado que se mueve en el campo amarillo y después hay sangre”. Su hermana le contó que cuando tenía dos años andaban por un campo de girasoles y los seguía un chico de boina colorada; de pronto surgió un toro que corría para embestir a los tres, azuzado por el color rojo. Olga iba en brazos y lograron pasar del otro lado de la alambrada, pero las púas desgarraron la blusa blanca de su hermana y la sangre cayó sobre su cara. “Recuerdo el terror, el movimiento, los colores”, dijo. Esa transfiguración de hechos vividos y su reflejo sensible en una imagen inventiva de largo ritmo se halla siempre en sus versos: “mis fundaciones se alzan con sus bloques al rojo, con sus bloques en blanco”.

Olga Nilda Gugliotta nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, La Pampa, cuando todavía era gobernación, a once kilómetros de Santa Rosa, y hasta los ocho años residió en aquella casona de la niñez, con árboles frutales y jardines, que reaparece hasta el fin en su poesía. Vivía junto a su padre siciliano Carmelo Gugliotta –que explotaba madera e instaló un aserradero–, su madre argentina, Cecilia Orozco, y sus hermanos Emilio, Celia del Carmen y Yolanda. Era la menor, pero después de la muerte de su papá –que, nacionalizado, fue intendente de Toay por el radicalismo durante catorce años– encontró en Italia a su medio hermano, Francesco Stella.

En 1928 la familia se mudó a Bahía Blanca y desde 1935 vivió en Buenos Aires. Olga escribió desde los doce años, era una gran lectora y, asimismo, aprendió a tirar el Tarot a los trece con la mujer que le hacía los sombreros a su madre. Una de sus hermanas, que la acompañó un día, volvió aterrada diciendo que la había hecho levitar a Olga veinte centímetros del suelo. Sin duda la poesía y la clarividencia se unieron naturalmente en ella desde el principio.

Fue maestra del Normal Sarmiento y poco después ingresó en la carrera de Letras, aunque no la finalizó. Había tenido en paralelo su temprana iniciación en el mundo de la poesía, cuando conoció a Oliverio Girondo y Norah Lange y participó del grupo de poetas de los años cuarenta en torno de la revista Canto. “Éramos prácticamente veinte hombres y una muchacha. La muchacha era yo”, contó. Se casó a los veinte con el director de la revista, el poeta Miguel Ángel Gómez, pero se separó cuatro años después. Su primer libro, Desde lejos, apareció en 1946, en Losada, algo inusual para una poeta primeriza. Olga fue intensa: en el tiempo de la revista surrealista A partir de cero, vivió un romance con el poeta Enrique Molina y, luego de su separación, conservaron una amistad de confidentes durante toda la vida.

En los años cincuenta su pareja fue el actor José María Gutiérrez, con el que puso un bar con happening llamado “La Fantasma”, donde ella se paseaba disfrazada de aparecida. Su último amor fue largo: en los setenta se casó con el arquitecto Valerio Peluffo, que muere en 1989. “No creo ser indiferente a ninguno de los sentidos del amor”, dijo.

En Desde lejos, tan joven, ya había escrito esa línea célebre: “Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero”. Como los poetas de la modernidad –desde Rimbaud, que escribió “Yo es otro”, hasta Vallejo, que escribió “César Vallejo ha muerto”– Orozco inventó a su doble para multiplicarlo en eso que llamó “desdoblamiento en máscara de todos”. Sostenía que el yo del poeta no es una personalidad, sino un sujeto plural en el poema, que transforma la vida en fábula, la historia en mito, la niñez en paraíso perdido. El yo es como un animal anfibio, desgarrado entre la certeza de la muerte y el deseo de otro lugar, otro lado, más allá de lo visto, “donde no hay ni medida ni tiempo”: el otro reino posible, el revés del cielo, ese lugar vislumbrado desde el romanticismo alemán hasta el surrealismo que alimentaron sus lecturas.

A las poéticas de la percepción –“poesía es lo que se está viendo” escribió Joaquín Gianuzzi– en las cuales no hay un más allá de las cosas nombradas, Orozco opuso una poética de lo invisible, donde los objetos son como talismanes que abren –o, mejor dicho, buscan desde un umbral– mundos alternativos y donde las palabras son su modo de arraigarse en el corazón de la tierra. Tal mitología poética, que parece tan remota, tiene en la obra de Orozco la misma sensualidad de su cara, que mira con los ojos verdes y la boca morena hasta en las fotos en blanco y negro. Lo consiguió en la poesía transfigurando en ritmo de ecos graves lo que resonaba en el cuerpo, inolvidable para quien la escuchara: la voz de Olga.

Hacia la década del cincuenta varios poetas amigos frecuentaban la casa de Girondo. Cierta madrugada, al salir de allí, algunos de ellos, entre los que estaban Olga y Francisco Madariaga, fueron encarcelados porque al poeta correntino se le ocurrió pegar un largo grito, un alto sapucay muy lejos de los esteros de su tierra natal, es decir, en plena avenida Libertador de la Capital Federal.

Girondo los liberó con un abogado. En sus memorias, Sólo contra Dios no hay veneno, Madariaga recordaría una escena de esa noche: “Olga Orozco cantaba, en voz muy alta, tangos que las prostitutas de calabozos vecinos celebraban con aplausos y gritos”. Juan Gelman, que la admiraba, habló de esa voz con un verso de ella: “la voz ronca y llorada”. Hubiera querido ser cantante, como lo era en privado muchas veces. Al fastidiarla con la pregunta “¿qué clase de poesía escribe, clásica o romántica?”, espetaba: “yo escribo tangos con categoría”.

Cuando entró a Radio Municipal en 1947 para hacer comentarios sobre dramaturgia, al escuchar esa voz la contrataron como actriz de radioteatro. Su nombre artístico fue “Mónica Videla” y en los años siguientes frecuentó varias emisoras porteñas –aunque no volvió a la radio luego de su viaje a París de 1961 con una beca para investigar “Lo oculto y lo sagrado en la poesía moderna”.

Olga Orozco decía que el tono y la medida de sus versos correspondía al ritmo de su respiración y de su dicción: “mi ritmo respiratorio es el endecasílabo y el heptasílabo. De haber inventado otro tono, habrían tenido que venir a hacerme respiración artificial”. Esos metros aparecen y se hunden como olas en sus versos oceánicos.

Horacio Zabaljáuregui, en el prólogo a la antología Relámpagos de lo invisible, habló de un “ritmo oracular”. Su poesía se reconoce a primera vista: son versos largos como exhalaciones, tiradas que llenan toda la página y que a veces obligan a girar los versos en el margen porque no terminan allí, como si el libro no pudiera contenerlos.

Una página es siempre un ritmo y la voz de Olga es una prosodia personal. “Ese arduo trabajo de adueñarse de la propia voz es la vida que entre 1946 y 1999 pide ser reunida en una obra”, escribió Tamara Kamenszain en el prólogo a la Poesía completa, al cuidado de Ana Becciú (2012).

La poesía de Olga Orozco desdobla esa voz, para ser la otra o lo otro de sí misma, a través de figuras, de yoes, de voces heterogéneas. Al comienzo es una voz ritual bajo la figura de la oficiante, la médium, la hechicera, la que nombra el Verbo sagrado que la habita. Pero también es atravesada por otras analogías: “¿No busco así también la imagen escondida de la que intento ser la semejanza?”, escribe.

Lo otro del yo pueden ser los muertos literarios; los objetos; los animales amados como su gata Berenice; las tres mujeres alternas del poema “Para ser otra”: “Matrika Doleésa”, “Griska Soledama” y “Darvantara Sarolam”; la “Olga” dual del poema “Recoge tus pedazos”, que dice “A Olga, la que no fui”, pero también “A Olga, la que ya soy”. En Museo salvaje (1974) es el cuerpo de mujer fragmentado: piel, cabeza, manos, pies, corazón, sexo. Cada texto es un órgano y el organismo (textual) es el sitio donde el tiempo de la mortalidad transcurre y vuelve al yo su rehén y, a la vez, su falta.

Ese cuerpo desmembrado es también un cuerpo deseante que padece una interrupción, una clausura, un asedio. Y si pudo hallar alguna vez una reunión con la Divinidad (“Es víspera de Dios. / Está uniendo en nosotros sus pedazos”) aquella Potencia puede tornarse muda y punitiva.

En el poema “Miradas que no ven” el Dios que castiga es patriarcal: Adán, antes de la expulsión del Paraíso y de la caída en el mundo terrenal, es sostenido “porque lo asiste Dios por todos los costados”, en tanto resta “solo la mujer para inculpar”: Eva. Dios ya no es la “otra voz” en el ritual de la oficiante. Ahora ella se pregunta en el desamparo: “¿Dios estará tal vez pronunciando mi nombre contra el vidrio final, / contra el silencio congelado”.

Lo extraordinario de Olga Orozco es que en el último libro publicado en vida, Con esta boca, en este mundo (1994), produce una crítica de su poética inicial: “No te pronunciaré jamás verbo sagrado” escribe. Y luego: “Nuestro combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía”.

En los Últimos poemas (2009), el libro que había dejado listo poco antes de morir, en 1999, se invoca a aquella abuela que contaba historias fantasmagóricas en un telar de relatos, tal como se nombra a la madre en el final del libro previo: “Madre, madre, / vuelve a erigir la casa y bordemos la historia. / Vuelve a contar mi vida”. La vuelta a lo maternal es también indicio del origen: cuando Olga eligió su nombre de poeta, no firmaría Gugliotta, como decía su documento de identidad con el apellido paterno, sino Orozco, el apellido de su madre.

El último poema de la Poesía completa es “Vuelve cuando la lluvia” y el retorno se vincula, como antes a las voces de la abuela y de la madre, a las hermanas, es decir, a una voz colectiva de mujeres. Son ellas las que todavía cantan y las que regresan “para que completemos de nuevo la canción”. La crítica del Verbo sagrado del final de la poesía de Olga Orozco se une así a esta voz comunional, sororal, de mujeres: “Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías, / las escucho cantar desde las espesuras de mi noche desierta”.

La gravedad del tono de esa poesía no agota su obra: hay otras entonaciones en otros textos, donde el humor, el sarcasmo y la ambigüedad enriquecen aquel decir inagotable y lo alejan de toda impronta funesta. En los relatos en prosa poética –La oscuridad es otro sol (1967) y También la luz es un abismo (1995)– una doble infantil, Lía, rememora aquella niñez transfigurada. Entre 1964 y 1974 escribió notas periodísticas para la revista Claudia y firmó con ocho seudónimos. Entre ellos, “Valeria Guzmán” respondía el “Correo íntimo”.

Algunas cartas desopilantes hacen sospechar que ciertos corresponsales también fueron inventados por la poeta. En algunas respuestas, aprovechaba para liquidar estereotipos machistas. Marisa Negri compiló parte de esa obra periodística en Yo, Claudia (2012). La crónica dedicada a Marilyn Monroe es una pequeña obra maestra.

En paralelo, entre 1970 y 1974, junto a su maestra de astrología María Julia Onetti –la prima del escritor uruguayo– firmaba con el seudónimo “Canopus” el horóscopo dominical en el diario Clarín. No faltó la broma con la palabra “orózcopo”, aunque, en este caso, Olga, pisciana con ascendente en acuario, aseguraba que jamás inventó una sola predicción.

En sus breves “Anotaciones para una autobiografía” su vida tiene un registro mágico, afín a su precoz oficio de tarotista –que abandonó cuando se le volvió ominoso, con pesadillas oscuras y la presciencia de una muerte que aconteció–: “Mis amigos me temen porque creen que adivino el porvenir. A veces me visitan gentes que no conozco y que me reconocen de otra vida anterior”. En ella la magia siempre fue material y la fe un hábito: “soy absolutamente religiosa”, dijo.

Le contaba al poeta Fernando Noy que una de sus grandes amigas desde 1955, Alejandra Pizarnik –cuya obra tiene un diálogo indeleble con la suya– la llamaba en la hora del lobo, a las 3 a.m., cuando los insomnes son acosados por el terror, para disipar la angustia. Olga le proporcionaba un conjuro, como “Gran Sibila del Reino”, para certificar que “jamás un pájaro negro se le posaría sobre la sombra” y que “las piedras se abrirán milagrosamente para dejarla pasar a las mayores luminosidades”.

Pero asimismo en sus registros orales, en las entrevistas, en las anécdotas que otros recuerdan, Olga respondía como una Alicia arrabalera en el país de las maravillas. En el libro Travesías. Conversaciones coordinadas por Antonio Requeni, compartido con Gloria Alcorta, a la pregunta “¿Cuándo comenzó para ustedes la vida consciente?”, Olga, a los 75 años, responde: “Para mí todavía no comenzó”. O cuenta que alguien le preguntó: “Señora Orozco ¿usted en qué piensa durante el acto sexual?” y que ella replicó: “Yo pienso en el plano de la ciudad de Rosario”.

Olga Orozco es una de las grandes voces poéticas de la lengua española y su legado atraviesa varias generaciones. Su poesía, simultánea, transitiva y plural, aún nos habla.

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Este texto fue publicado por primera vez en la Revista Ñ el 28 de febrero de 2020. El seminario La voz de Olga Orozco, a cargo de Jorge Monteleone, comienza el viernes 17 de julio. 


08.06.2020

Muerte y transfiguración

Por Armando Petrucci

El siglo XX fue un siglo feroz. Decenas y decenas de millones de seres humanos terminaron sus vidas con una muerte violenta. Al mismo tiempo se extendió de un modo inimaginable la red de las comunicaciones y del intercambio de libros, música, sistemas de pensamiento y procesos técnicos. 

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21.05.2020

Remedios Varo de paso por Venezuela

Por Marina Gasparini Lagrange
Kati Horna. Sin título (Remedios Varo en su estudio pintando “La despedida”), ca. 1957-58 [Detalle].

Remedios Varo escribe con caligrafía clara. Las cinco cartas manuscritas enviadas por vía aérea a México transparentan el trazado de las palabras en el reverso; algunas fueron escritas con tinta, otras con lápiz, en todas leemos parcelas repetidas de un sofoco. Desde el hotel Jardín de Maracay donde se hospeda, la pintora surrealista comunica en estas misivas a su amiga, la fotógrafa Kati Horna, algunas de las dificultades que vive durante su experiencia venezolana que durará poco menos de dos años.

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