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Las tendencias abstractas y no figurativas forman parte de la historia del arte internacional desde inicios del siglo XX. A partir de la idea básica de terminar con el principio ilusionista de la pintura y con el concepto del cuadro como “ventana del mundo”, distintas alternativas buscan liberar a las artes plásticas de la representación de la realidad.
A mediados de los años 40, Buenos Aires se convierte en uno de los centros más activos del arte concreto y sus variaciones. Madí, Asociación Arte Concreto Invención y Perceptismo, son los tres grupos que formados, entre otros, por argentinos como Gyula Kosice y Enio Iommi, y uruguayos como Rhod Rothfuss y Carmelo Arden Quin, aportan nuevas vías de reflexión y producción al debate mundial del concretismo.
Con los elementos materiales del lenguaje visual: formas, colores, líneas y planos, sus trabajos reemplazan el marco octogonal tradicional por contornos irregulares y recortados; investigan la función de las capas de color y el sistema de estructuras en serie; inventan “esculturas” articuladas y transformables; recurren a materiales industriales como esmaltes, vidrio y baquelita, y fabrican pinturas-objeto montadas sobre las paredes y móviles colgando en el espacio.
En los años 50, Alejandro Otero pinta su serie de abstracciones blancas con líneas cromáticas en Caracas, y los brasileños Hélio Oiticica y Lygia Clark convierten el color y la luz en cuerpos que se materializan ante el espectador. En la misma década y la siguiente, Julio Le Parc y Abraham Palatnik construyen artefactos que investigan la experiencia física y perceptiva de la mirada, agregando el concepto del movimiento real o ilusorio y la participación activa del espectador, ambas innovaciones del arte óptico y cinético.
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