Por James Oles
Con motivo de un nuevo aniversario del nacimiento de Frida Kahlo, compartimos este pequeño comentario sobre su Autorretrato con chango y loro (1942), parte de la colección permanente de MALBA.
El autorretrato de Kahlo de 1942 está ejecutado con pinceladas rigurosamente controladas –excepto en el pelaje y las plumas–, típicas de las pinturas que completó en la cumbre de su carrera. La presentación directa y frontal del personaje sigue un modelo en parte inspirado por los retratos populares del siglo XIX, un tipo que Kahlo y Rivera coleccionaban y exhibían en su casa familiar de Coyoacán, que ambos artistas compartían en ese entonces. Pero la obra de Kahlo no es precisamente naïve o provinciana, ni fue considerada así por sus marchands, críticos y coleccionistas. En realidad, su pintura se vincula profunda y conscientemente a una historia del arte más amplia, que va desde el manierismo hasta la Neue Sachlichkeit o nueva objetividad, e incluye el surrealismo, al que adhirió a pesar de declaraciones públicas en contrario (debidas más a las lealtades políticas de André Breton que a sus ideas estéticas).